Las etiquetas son para la ropa

Fotografía de Anabel de Pablo

¿Es bueno? Apenas nace un bebé aparece una nube de gente cercana (y no tanto) con un gran interés por conocer el grado de bondad o maldad de la criatura. ¿Es buena? Preguntan. Y yo siempre me quedo pensando qué otra cosa puede ser una criatura que acaba de comenzar a respirar. Lo sé. Nadie hace la pregunta con mala intención. Pero ahí, tan pronto, comienza el calvario de las etiquetas que van cargando sobre sí los niños desde que nacen. Buena. Malo. Trasto. Floja. Nervioso. Marimandona. Tímido. Tranquila. Llorón. Desobediente…

Lo sé. Nadie lo hace con maldad. Pero hoy quiero invitaros a reflexionar un poco sobre cómo afectan a nuestros hijos estas etiquetas, cómo acaban convirtiéndose en una verdadera losa invisible sobre las espaldas de nuestras hijas.

“El ser humano es un ser social por naturaleza”, decía Aristóteles. Y no le faltaba razón. Es en sociedad donde nos desarrollamos. Y es a través de esta relación con los demás que formamos nuestro propio autoconcepto y desarrollamos nuestra personalidad. Cuando nace un bebé ni siquiera tiene consciencia de existir como un ser diferenciado de su madre, el único mundo que conocen es el vientre materno y nacemos tan inmaduros que conlleva varios meses de vida lo que se conoce como la exterogestación.

¿Cómo aprende un bebé quién es él? Mirándose en el espejo. No. No ese espejo de cristal en el que puede ver su propio reflejo. Ahí aprenden a reconocerse, a identificarse. Pero quiénes son es algo que hay que ir descubriendo en el camino y que, sólo descubrirán si se sienten libres para ser, sin la presión de las expectativas que los demás tienen sobre ellos.

“Este niño es muy torpe, siempre lo rompe todo”. Y Manuel quería llevar el jarrón de flores con mucho cuidado para darle una sorpresa a su abuelo pero se acordó de que el ES tan torpe que se puso nervioso y se le cayó. “Soy un torpe”, pensó, “siempre se me rompe todo”. Y así fue como Manuel creció pensando que la falta de destreza de sus manos no era simplemente una fase de aprendizaje normal, porque sus pequeñas manos estaban aprendiendo a explorar el mundo; sino que la culpa era suya que era un torpe que no sabía hacer nada bien. Y Manuel siguió rompiendo cosas de mayor, cuando sus manos ya habían adquirido destreza para no hacerlo, porque su etiqueta se había prendido a su ser para siempre.

“Esta niña es una marimandona, siempre queriendo organizar a todo el mundo”. Y así fue como Eva escondió bajo siete llaves sus dotes de lideresa, porque entendió que no estaba bien que una chica quisiera tomar decisiones y capitanear un grupo. Y cada vez que su espíritu emprendedor quiso asomarse, alguien se encargó de recordarle que estaba mejor bien escondido.

Todos respondemos, en mayor o menor medida, a las expectativas que los demás tienen sobre nosotros. María estaba ya cansada y quería terminar el trabajo sobre Historia de la música pronto y salir a despejarse, pero sabía que sus padres esperaban que sacara una nota brillante y se quedó repasándolo un par de horas más. Pedro tenía mucha ilusión por sacar buena nota en ese trabajo porque era un tema que le apasionaba, pero se acordó de que él era un flojo y nadie esperaba que sacara buenas notas en nada, así que lo terminó de cualquier manera y se fue un rato a la calle.

Visto así, parece que la solución es halagarlos, regalarles los oídos, decirles que todo lo hacen bien para que respondan a esas expectativas y se conviertan en personas brillantes y exitosas. Error. Las etiquetas nos lastran sea cual sea el adjetivo que nos adjudican. Nos tienen presos detrás de una imagen construida por los demás sin dejarnos descubrir quién somos en realidad.

Aún recuerdo cuando nació mi primera hija y me preguntaban aquello de “¿es buena?”; y yo contestaba “sí, es muy pequeña, no puede ser mala así que imagino que es buena”. Mirada condescendiente de pensar “esta chica que está trastornada con las hormonas del posparto y no ha entendido la pregunta”. Segundo asalto.

– “Entonces es buena, ¿no? Vamos que no llora y duerme bien”.

– “Ah, ¿te referías a eso? Pues llora a todas horas si no está en mis brazos y no duerme si no es enganchada a mi pecho, pero no es mala; sólo está aprendiendo a vivir fuera de mi cuerpo y se le está haciendo difícil”.

Primera etiqueta esquivada.

La segunda no hubo manera. Entre el año y los dos años de vida, con el desarrollo del lenguaje oral aparecen las primeras preguntas a los bebés. Y junto a “¿cómo te llamas?” y “¿cuántos añitos tienes?”, aparece “¿cómo es mi niña?”

FELIZ. Mi hija contestaba feliz. Si tenía que cargar con una etiqueta al menos que fuera una bonita.

¿Qué tiene de malo que un niño diga que es guapo? Bueno, no voy a dramatizar, soy consciente de que no es la peor de las etiquetas pero, en primer lugar, por pura estadística, en algunos casos será mentira, ya que es una costumbre tan extendida que se le pregunta prácticamente a todos los bebés; y, en segundo lugar, comenzamos ya a crear expectativas sobre la belleza, a tan tierna edad. Cuidado. Cuando, en el caso de las niñas, les decimos además que están guapas con el lazo en el pelo y que no se lo quiten, les estamos enseñando a valorar su belleza en base a los aderezos externos y no en ellas mismas.

Pero, qué podemos hacer para no etiquetarlos cuando queremos corregirles o llamarles la atención sobre algún comportamiento en concreto. Centrarnos en la acción y no en la persona. Claro que tienen que aprender a recibir críticas. Pero la diferencia entre “lo que has hecho está mal” y “eres malo” es que si lo he hecho mal una vez puedo hacerlo bien la siguiente, pero si SOY malo, es algo que va conmigo en todo momento, es inherente a mi persona.

“Necesito que termines de hacer esto pronto” vs. “eres muy lento, vamos a llegar tarde por tu culpa”. “Me gusta cómo te estás esforzando” o “sé que puedes hacerlo mejor” vs. “eres un desastre, vaya churro te ha salido”. “Si te apetece puedes ir a jugar con otros niños y si no te apetece, tómate tu tiempo” vs. “es muy tímido, nunca quiere jugar con otros niños”. Lo de hablar de ellos, de su intimidad, en su presencia, con cualquier adulto da para otro artículo.

Entonces, ¿no le podemos decir a nuestro hijo “eres un sol”, por ejemplo? Tampoco es eso. Se trata de tomar conciencia de si le estamos colocando una etiqueta determinada con demasiada frecuencia y de cómo esto afecta a la imagen que tiene de sí mismo; y empezar a hacer pequeños cambios en nuestro lenguaje y en nuestra forma de dirigirmos a él.

No se trata de sentirnos mal por haberle dicho de vez en cuando que es un trasto. Pero tampoco de enarbolar la bandera de “a nosotros nos lo hacían y no nos pasó nada” para justificar el trato que le damos a nuestros hijos. Como ya os dije en este otro artículo: torturarnos, no; crecer, sí.

Dejémosles, simplemente, ser.

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4 comentarios en “Las etiquetas son para la ropa

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