La maternidad silenciada

Se habla mucho, últimamente, de la guerra de las madres. Madres perfectas vs. malas madres. Madres de teta vs. madres de bibi. Madres de colecho vs. madres de cuna. Madres de porteo vs. madres de carrito. Madres de blw vs. madres de puré. Madres de educación alternativa vs. madres de educación elitista.

Presión. Culpa. Demasiadas exigencias sobre las mujeres que deciden ser madres como para andar echándonos tierra encima unas a otras. Ser madre tiene buena prensa, es más, si te demoras mucho en el asunto te recordarán a menudo que el arroz se pasa, como si en lugar de ovarios tuvieras una placa de inducción. Si eliges no ser madre, aún peor, para algunos serás un bicho raro, para otros, incluso una egoísta. Pero si decides ser madre, bien, ya has cumplido con tu deber para evitar la extinción de la especie. Misión cumplida. Y, ahora, disimula. Que no se note. Que nada cambie en tu vida.

La maternidad silenciada.

Recupera rápidamente tu figura. No descuides lo más mínimo tu aspecto. Trabaja aún más si cabe, para demostrar que sigues siendo valiosa aunque hayas sido madre. Dedica tiempo a tu pareja, como hacíais antes de ser padres. Sigue saliendo a cenar con tus amigas, las relaciones personales no se deben desatender. La casa, de revista, como si fuera a salir en el Hola. Haz ejercicio, ser madre no debe ser sinónimo de dejarse…

Sigue haciendo todo lo que hacías antes de ser madre, que no se note que tu vida ha cambiado. La maternidad silenciada. Como si hubiera alguna experiencia vital más transformadora que la maternidad.

Y, al mismo tiempo, sé una madre diez. Hornea galletas de avena. Prepara las mejores fiestas de cumpleaños. Colabora en las actividades de la escuela. Elabora disfraces maravillosos. Coordina los horarios de las actividades extra escolares. Asegúrate de que tus hijos se comporten bien en público, que nadie ponga en duda la educación que les estás dando. No pierdas nunca la sonrisa ni la paciencia.

Un momento. UN MOMENTO.

El día sigue teniendo veinticuatro horas. Veinticuatro míseras horas. Que alguien me explique, por favor, cómo puedo seguir haciendo todo lo que hacía antes y cuidar a un bebé (o a dos, o a tres…) sin hacer uso de una máquina del tiempo. Sí, lo confieso, a veces me gustaría ser una bruja y conocer un hechizo para detener el tiempo y echarme una siesta de un par de horas mientras, a mi alrededor, todo y todos permanecen quietos, como en las películas, esperando a que deshaga el hechizo. Pero, sueños delirantes de mamá cansada aparte, la realidad es que cuidar de los hijos es un trabajo a jornada total, ocupa todas las horas del día. Es cierto que la maternidad está teñida de un halo de entrega que tiende a devorarnos, a anular el resto de facetas de nuestra vida. Cada mujer que se convierte en madre libra su propia batalla para encontrar el equilibrio entre la maternidad y el resto de su vida; para ser la madre que es sin dejar de ser la mujer que era. Pero en la práctica nadie puede atender a su bebé y seguir exactamente el mismo ritmo que llevaba antes de la maternidad.

Crecerán. Dejarán de necesitarnos. Lo harán de a poquito, para evitarnos el síndrome de abstinencia, porque ser madre es muy cansado, pero engancha. Un día empezarán a comer solos. Otro, se vestirán sin nuestra ayuda. De repente, ya no querrán que los bañemos. Y así, sin más, y sin menos, un buen día, abandonarán el nido y volveremos a tener tiempo como antes de que llegaran. Pero no seremos las mismas. Porque la maternidad se hace sentir, aunque intenten silenciarla. La maternidad nos transforma.

Mientras tanto, cada una de nosotras hará equilibrismo sobre su propia cuerda floja y todas tendremos que elegir tirar algo por la borda para no caer al vacío. Unas, aparcarán temporalmente su trabajo. Otras, dejarán de ir al gimnasio. Algunas, llevarán pronto a su bebé a la guardería. Y todas, sentiremos en algún momento que la situación nos supera.

Esta manía de silenciar la maternidad tiene que ver, sin duda, con la concepción adulto-centrista de la sociedad en que habitamos. Los niños no son importantes, son considerados como los futuros ciudadanos del mañana, como si la infancia fuera un mero trámite para llegar a lo que de verdad importa, la vida adulta. Y, bajo esta perspectiva, el cuidado de los niños, carece de trascendencia.

Pero nuestros hijos no son los ciudadanos del futuro, ellos son presente. Nuestras hijas son importantes hoy. Y la misión de criar es bella y valiosa. Así que no dejemos que nos silencien. Seguimos siendo mujeres, pero también somos madres. Viviendo y criando. Acompañando y creciendo. Volando y cuidando el nido.

MADRES.

 

Fotografía creada por Asierromero – Freepik.com

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