Aprender a decir adiós 

Llevo días escribiendo y borrando, reescribiendo y deshaciendo lo escrito. Intentaba escribir sobre relaciones tóxicas y me sentía incómoda al hacerlo porque me estaba centrando en las características de las personas tóxicas que me he cruzado en mi vida. Y no me gusta juzgar, no soy quién para hacerlo. 

No hace mucho, he roto con una relación personal. Necesitaba escribir sobre el tema, supongo, para contarme mis razones, para entenderme al escribirlo. Y he comprendido que el factor detonante de la ruptura, la explosión última del “hasta aquí hemos llegado”, no tiene que ver tanto con lo que la otra persona hace como con el amor a mi persona. Con permitirme, al fin, no continuar relacionándome con alguien que me hacía daño. No tiene que ver con tener razón, tiene que ver con sentirme bien. Con tomar las riendas de mi vida.

En nuestro día a día nos relacionamos con muchas personas. A algunas las elegimos y otras nos vienen en la sangre. Con algunas parezco encajar como si fuéramos piezas de un puzzle, todo fluye, todo es fácil, me siento cómoda en su presencia. No necesariamente tenemos el mismo sistema de creencias ni las mismas ideas, no se trata de relacionarnos solo con quienes piensan igual que nosotros, la diversidad nos enriquece. Pero hay gente con la que simplemente conectas, estás en la misma frecuencia, te sientes libre para expresarte y te sientes cómoda escuchando al otro. Estas personas son difíciles de encontrar; hay pocas relaciones que fluyan como un manantial sereno sin enturbiar nunca sus aguas, pero existen. Son un tesoro raro y precioso.

Con otras personas me siento cómoda casi siempre. Son personas a las que quiero mucho, que están muy presentes en mi vida. En ocasiones, nuestras energías chocan y tenemos que aprender a reconducir la situación. Pero no hay riesgo de descarrilar. Hay amor, hay respeto, y una balanza totalmente inclinada llena de cosas bonitas que compartimos. 

Pero hay personas con las que, irremediablemente, no te sientes bien. No importa lo que hagan. Puede que tengan actitudes egoístas, o que se entrometan en tu vida, o que siempre hablen de sí mismos, o que critiquen continuamente, o que sean interesados… da igual. No estoy en sus zapatos. Todos tenemos una historia personal detrás que explica en gran parte nuestras conductas. Lo que importa es lo que sentimos. Si cuando estoy con alguien me siento anulada, o avasallada, o ignorada, o juzgada, o abusada… algo se rompe en mí. Si es algo puntual, puedo expresar mi malestar y encontraremos el modo de relacionarnos sin herirnos. Pero cuando es algo habitual, cuando me siento mal casi siempre que estoy con alguien, las heridas se acumulan, los daños se suman, y nos envenenamos el alma. Supongo que por eso se llaman relaciones tóxicas. No se trata de rencor, es algo mucho más profundo, acabas cargando con relaciones que pesan en tu mochila como una losa y que lastran tu viaje; contaminan tu paisaje.

Es difícil soltar lastre, aprender a decir adiós. Hay grados de dificultad. No es lo mismo romper con un amigo que con una pareja; no es lo mismo romper con una relación corta en el tiempo que con una relación larga; no es lo mismo romper con un conocido que con alguien de tu familia. 

Pero hay algo que tienen en común todas las relaciones dañinas: dejan una sensación de liberación inmensa cuando se terminan. A menudo, la pena, los convencionalismos sociales e incluso el amor, nos empujan a conservar relaciones que nos incomodan. 

Yo no quiero cargar sobre mis hombros vidas que me son ajenas. Tengo una vida y soy responsable de vivirla. Así que elijo sentirme bien, hacer cosas que me hagan sentir bien, rodearme de personas con las que me siento bien y decir adiós a lo que me hace daño.

Porque la felicidad es algo muy abstracto, pero nos merecemos sentirnos bien con nuestras relaciones. 

No es fácil, pero en ocasiones, es una cuestión de higiene mental, de salud emocional, aprender a decir adiós.

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